Reconocía la autora que si no escribe a diario entre las cuatro y las ocho de la mañana terminaría totalmente loca. La obra es el fiel reflejo de cómo la escritura automática es un recurso de inciertos resultados.
La pregunta es: ¿se trata de una novela, o de un conjunto de ideas sueltas metidas en un marco concreto? La respuesta es tan complicada que no nos atrevemos a escribirla. Es cierto que la práctica le ha permitido forjar un estilo propio repleto de elementos reconocibles. No hay cabos sueltos, hay fluidez en los diálogos y se dibuja un escenario fuera de lo común, ¿es esto suficiente?
La originalidad siempre es bienvenida, pero quizá se echan de menos más cimientos para la historia, más profundidad en la psicología de los personajes y menos digresiones que pueden llegar a cansar. El resultado es tan inquietante como adecuado para quienes se aburren con la literatura actual.

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